TE QUIERO, QUIERO SER YO Y EN 1940 MORIR...

miércoles, 5 de agosto de 2026

Bastión

El hombre construye imperios que duran tres generaciones y los llama eternidad. Levanta catedrales, escribe leyes, funda repúblicas — y todo eso, medido contra el tiempo real, dura lo que dura una exhalación. La cultura es la forma masculina de negar la muerte: si no puedo vivir para siempre, que al menos mi nombre quede grabado en algo que me sobreviva. Por eso el hombre necesita la Historia. Es su manera de fingir, de tallar que participó de lo eterno sin tener que serlo. La mujer no necesita ese monumento porque no participa de lo efímero de la misma forma. Ella no hace historia: la atraviesa. Es el cauce, no el edificio. Mientras los imperios se turnan en el poder y se olvidan unos a otros, la reproducción de la especie sigue su curso silencioso, indiferente a qué bandera ondea sobre la ciudad. Roma cae, Bizancio cae, todo lo que el hombre construyó con orgullo se convierte en ruina turística — y sin embargo el parto sigue siendo exactamente el mismo parto que hace cuarenta mil años. Hay algo humillante en esto para el ego masculino, y por eso tantas culturas han intentado disfrazarlo — poniendo a la cultura por encima de la naturaleza, al espíritu por encima de la carne, a la Historia por encima de la Vida. Pero es una jerarquía inventada, defensiva. La verdad más incómoda es la contraria: la cultura es un lujo que solo existe porque la vida, sostenida silenciosamente por lo femenino, sigue funcionando por debajo de ella sin pedir permiso ni aplausos. . . Y en muchas ocasiones tristemente, marginadas...

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