Cuando cualquiera piensa en los aztecas, la mayoría lo hace en Tenochtitlan: sus templos escalonados, los sacrificios, y el colapso fulminante tras la llegada de Cortés. Esa imagen, repetida en manuales y documentales, reduce un universo cultural riquísimo a una idea simplista. El mundo que solemos llamar “azteca” fue, en realidad, un mosaico de pueblos nahuas interconectados por la lengua, el intercambio y ciertos mitos compartidos, pero lejos de ser un bloque.
Este ensayo busca trazar un retrato más fiel: quiénes fueron esos pueblos, cómo se gobernaban, qué los unía y, sobre todo, qué los diferenciaba. Para ello recurriré a la arqueología, con Michael E. Smith como referencia central, a los códices pictográficos y a las crónicas tempranas, pero también a la lingüística y a la lógica propia de sus ciudades-estado.
Un nombre impuesto
Ningún nahua se llamó a sí mismo “azteca”. Esa etiqueta se popularizó en el siglo XIX para agrupar a los hablantes de náhuatl del centro de México. El vocablo deriva de Aztlán, la mítica patria del norte evocada en varias migraciones narradas en los códices. Sin embargo, en los días de Moctezuma el término correcto para referirse a la gente de Tenochtitlan era mexica. Sus vecinos chalcas, tepanecas o tlaxcaltecas jamás se consideraron “aztecas” y, de hecho, en numerosas ocasiones no simpatizaban con los mexicas.
Aceptar que “azteca” es un rótulo moderno obliga a replantear de raíz nuestra lectura: no hubo un único sujeto histórico, sino muchos, y cada cual defendía intereses propios.
Altepetl
Para comprender esa pluralidad hay que detenerse en el altépetl (plural de altepeme). Significa “montaña-agua”, metáfora del territorio y su gente. Cada altépetl funcionaba como una ciudad-estado: tenía tierras comunales, un linaje gobernante, un mercado, un dios patrono y, por supuesto, un ejército. Entre 1400 y 1520 coexistieron más de cincuenta altepeme relevantes en el Altiplano.
Algunos nombres ilustran su diversidad:
Tenochtitlan: Fundada en 1325 sobre un islote del lago salado de Texcoco, Tenochtitlan fue un asentamiento marginal. Los mexicas, recién llegados del norte y considerados bárbaros por sus vecinos, fueron relegados a tierras pantanosas. Sin embargo, mediante alianzas militares, matrimonios con linajes prestigiosos y una férrea disciplina religiosa y militar, transformaron su posición en hegemonía.
Tenochtitlan se convirtió en la capital de la Triple Alianza y en el centro tributario más poderoso del altiplano. Su población, estimada entre 200.000 y 250.000 personas, la convertía en una de las ciudades más grandes del mundo en 1519. El Templo Mayor, símbolo de su cosmogonía guerrera, coronaba un espacio urbano planificado, con calzadas, acueductos, mercados y barrios organizados por oficio y origen.
El poder mexica era tanto militar como ideológico: sus cronistas construyeron una historia mítica de legitimidad, sus sacerdotes impusieron cultos estatales, y sus comerciantes (pochtecas) expandieron su influencia hasta Centroamérica.
Texcoco: Esta ciudad fue el centro del poder acolhua, uno de los pueblos más antiguos y refinados del altiplano. Su auge se dio bajo el gobierno de Nezahualcóyotl, filósofo, poeta, urbanista y aliado clave de los mexicas en la creación de la Triple Alianza.
Texcoco destacó por su vida intelectual y artística: poseía una de las mayores colecciones de códices, esculturas, cantares y crónicas orales. Se construyeron jardines botánicos, palacios con canalizaciones hidráulicas y templos dedicados a Quetzalcóatl y Tezcatlipoca.
Aunque subordinada a Tenochtitlan en términos militares, Texcoco mantuvo su prestigio simbólico y aportó la legitimidad cultural y jurídica al proyecto imperial mexica. Varios tlatoque (plural de tlatoani, gobernante) texcocanos ejercieron funciones como jueces, consejeros o diplomáticos del imperio.
Tlacopan: Como tercera ciudad en la Triple Alianza, Tlacopan recibió una porción menor del tributo imperial (25%) en comparación con Tenochtitlan (40%) y Texcoco (35%).
A pesar de su posición subordinada, Tlacopan conservó una relevancia militar y logística: controlaba rutas hacia el oeste, zonas de producción de obsidiana y nexos con pueblos otomíes. Representa la permanencia de una tradición política anterior al ascenso mexica, y su integración a la alianza muestra la complejidad de las negociaciones entre linajes nobles.
Chalco y Xochimilco: Ubicadas en el sureste del Valle de México, Chalco y Xochimilco fueron expertas en el desarrollo de sistemas agrícolas acuáticos, las chinampas, campos elevados sobre lagos poco profundos que permitían múltiples cosechas al año. Su maíz, frijoles, chía y flores abastecían no solo a Tenochtitlan, sino también a mercados regionales.
Ambos altepeme tenían una identidad fuerte y frecuentemente se resistieron a la hegemonía mexica. Chalco fue especialmente rebelde: sus guerras contra Tenochtitlan duraron décadas (1376–1465), hasta que finalmente fue sometida por Motecuhzoma I. Sin embargo, la necesidad del suministro agrícola obligó al imperio a mantener ciertos equilibrios: no se podía castigar a los chalcas con dureza sin comprometer la producción alimentaria.
Xochimilco, por su parte, fue integrada más pacíficamente, y mantuvo su especialización hortícola y su calendario ritual propio incluso después de la conquista.
Tlaxcalla y Huexotzinco: Tanto Tlaxcalla como Huexotzinco lograron un hecho excepcional en el contexto mesoamericano: resistieron durante décadas a los mexicas sin ser conquistadas. En vez de doblegarse, se replegaron tras sistemas defensivos montañosos, se aliaron entre sí y desarrollaron una identidad anti imperial.
Su situación geográfica, en el valle poblano-tlaxcalteca, les permitía cultivar en tierras fértiles y establecer conexiones comerciales con la costa del Golfo. A diferencia de otros altepeme sometidos, Tlaxcalla y Huexotzinco conservaron sus sistemas de gobierno autónomos hasta la llegada de los españoles.
En 1519, ambos pueblos vieron en Hernán Cortés una oportunidad estratégica: lejos de rendirse, lo convirtieron en su instrumento. Sin las tropas y logística tlaxcaltecas, la conquista de Tenochtitlan habría sido virtualmente imposible.
Aunque la Triple Alianza (Tenochtitlan-Texcoco-Tlacopan) impuso tributos a decenas de altepeme, nunca los absorbió del todo. Las élites locales siguieron dirigiendo sus asuntos internos, negociando impuestos y, llegado el caso, liderando rebeliones.
Náhuatl: una lengua
El náhuatl era una herramienta diplomática, el idioma de los mercados y el soporte de la literatura. Poemas como los de Tecayehuatzin o Nezahualcóyotl circularon entre cortes rivales, lo que da idea de un espacio cultural compartido.
Ahora bien, el náhuatl no era homogéneo: el de Tlaxcalla no sonaba igual al de Morelos y ciertas palabras cambiaban según la región. Además, en el Altiplano se hablaban otros idiomas —otomí, matlatzinca, mazahua— que convivían con el náhuatl y aportaban préstamos léxicos y conceptos rituales propios.
Creencias comunes, cultos locales
Los manuales suelen resumir la religión azteca bajo la tríada Huitzilopochtli, Tláloc y Quetzalcóatl. Eso oculta otra realidad:
Cada altepetl tenía un dios tutelar que recibía el culto principal. Xipe Tótec reinaba en Xochimilco; Mixcóatl era crucial en Huexotzinco; Tezcatlipoca, en Texcoco.
Los templos y calendarios rituales variaban. La fiesta de Tlaxochimaco-Huei Miccailhuitl podía coincidir en Tenochtitlan con otra celebración agrícola en Chalco.
Los sacrificios humanos, aunque compartidos como principio cosmogónico, diferían en escala y frecuencia según la región y los recursos disponibles.
Conflictos e identidades cruzadas
La existencia de un idioma y de rasgos rituales comunes no borró las rivalidades. De hecho, la resistencia sistemática de Tlaxcalla, Huexotzinco o los pueblos otomí de la Cuenca Norte refleja una fractura política profunda.
Cuando Cortés desembarcó en 1519, encontró un tablero fracturado. Alianzas tan amplias como la de los totonacas de Cempoala o las decenas de pueblos del valle poblano-tlaxcalteca se plegaron al proyecto español no porque admiraran a los europeos, sino porque vieron la ocasión perfecta para neutralizar a los mexicas.
El espejismo del “imperio”
Hablar de imperio azteca puede llevar a error si se entiende como un Estado centralizado al estilo romano o inca. La Triple Alianza funcionaba más como un sistema de hegemonía tributaria:
No había administración imperial permanente en las provincias.
El tributo se fijaba caso por caso; se medía en mantas de algodón, cacao, joyas, plumas o maíz.
Las rebeliones eran frecuentes y se reprimían con expediciones puntuales, no con guarniciones estables.
La cohesión provenía del miedo a las campañas de castigo y de la diplomacia matrimonial entre élites, no de la burocracia.
Conclusión
¿Por qué insistir en estas distinciones? Porque reconocer la diversidad interna del mundo nahua desmonta los estereotipos de “pueblo salvaje” y revela una realidad más auténtica: la de múltiples sociedades que negociaban, rivalizaban y creaban cultura en diálogo constante.
Entender esa complejidad también aclara la conquista, los españoles no vencieron solos; aprovecharon fracturas existentes. Y, tras la caída de Tenochtitlan, muchas estructuras locales siguieron vivas: el altepetl se readaptó al sistema colonial, el náhuatl se mantuvo como lengua franca y numerosas fiestas prehispánicas se fusionaron con el calendario cristiano.