En República II Platón considera que la poesía transmite una imagen falsa y aparente de la justicia, en la medida en que esta solo encomia la justicia por la forma, los honores y las recompensas que representa y no la define por su propia virtud:
"Entre todos cuantos recomendáis la justicia, comenzando por los héroes antiguos cuyos discursos se han conservado, hasta los de los hombres de hoy en día, jamás alguno ha censurado la injusticia o alabado la justicia por otros motivos que la reputación, los honores y dádivas que de ellas derivan". (República, 366d-e)
Y opino que Platón tenía razón en la necesidad de expulsar a los poetas de la República.
Y opino que antes de que nos metan una República por el ojo y con calza, debemos de iniciar un proceso constituyente para llegar a una República constituyente, más democrática y con menos poderes oligárquicos y menos poetas subvencionados en una republica verdadera, de opinión de la gente cultivada en procesos políticos y en formas de gobierno y sociedades...eso implica otra modalidad de educación, otra escuela otro mundo es posible, ir hacia una utopia , no la del poeta revestido en ese blanco perfecto que sin que apunte apunta a un centro que está en la mano del perfecto paladin de las geometrías serviles, y que acoge todo lo necesario para depositario y depositador del puzzle en el que encaja perfectamente como la bola alzada sobre una ciudad desierta que llama ínsula y en los ojos del político la escena es ya antigua...blablablabla..
Es imposible no querer a Brian Wilson
a poco que se conozca un poco su historia. Un posible resumen podría
ser éste: un tímido chaval de Los Ángeles de naturaleza bonachona con un
don: es capaz de oír las melodías más hermosas en su cabeza aunque sea
incapaz de ponerlas en un pentagrama; el mayor de tres hermanos que
junto a ellos, un primo y un vecino amigo formó The Beach Boys,
la única banda coetánea de los Beatles que voló la cabeza del grupo
inglés y les hizo ser aún mejores; un veinteañero que descubre en el
estudio de grabación que el instrumento que de verdad domina son las
voces de los demás; un hijo superdotado para la composición maltratado
por un padre musicalmente frustrado; un creador ninguneado por sus
compañeros de escenario, desdeñado por su ídolo Phil Spector y estafado
por su psicoterapeuta durante años; un anciano de 78 años felizmente
casado, consciente de su legado y agradecido de poder contarlo. Y esto
último es precisamente lo que ha hecho en Yo soy Brian Wilson… y tú no,
pese al dolor que aún le supone rememorar la pérdida de sus dos
hermanos y los años que pasó muerto en vida por culpa de una enfermedad
mental con la que no ha sabido lidiar hasta hace bien poco.
Porque el cerebro de Brian Wilson ha escuchado y escucha –en ocasiones
a la vez- las voces más bellas y las más terroríficas. Voces buenas, armonías
vocales que uno puede disfrutar en los surcos de esa prodigiosa docena de
álbumes despachados en apenas cuatro años, entre 1962 y 1966. Voces malas,
amenazas paralizantes que le auguran lo peor e hicieron del genio un deshecho
humano sin más voluntad que la de ingerir drogas, hamburguesas y kilos de
helado de vainilla, ajeno por completo al crecimiento de sus hijas. “Mi
historia es una historia musical y una historia familiar y una historia
amorosa, pero es también una historia de enfermedad mental”. Hoy Wilson ya no
se droga ni pesa 150 kilos pero aún convive de vez en cuando con las voces del
espanto; afortunadamente también convive con Melinda, con quien se casó a
mediados de los noventa y que sabe cómo ayudarle cuando retornan las voces feas.
Melinda Ledbetter es su segunda esposa y la mujer que desencadenó su verdadera
liberación tras un secuestro de muchos años liderado por el doctor Eugene
Landy, “un tirano que controlaba a una persona y esa persona era yo. Controlaba
a dónde iba, qué hacía, a quién veía y qué comía. Me controlaba espiándome. Me
controlaba haciendo que otras personas me espiaran. Me controlaba gritándome.
Me controlaba llenándome de drogas que me confundían”. Y ya puestos, el amigo
Landy, un desaprensivo sin escrúpulo alguno, también le conminaba a cambiar el
testamento para ser el principal beneficiario aparte de animarle a componer
discos que firmarían a medias.
1964, un año único para lo bueno y lo
malo
Con la perspectiva que da el tiempo, parece que la primera señal
seria de la fragilidad mental de Wilson podría localizarse cuando en
1964 se vio incapaz de salir de gira y embarcar en un avión con destino a
Houston. Tenía entonces 24 años y la presión pudo con él. Llantos sin
causa aparente, risas sin motivo justificado, mareos sin previo aviso…
La música le hacía sentir mejor y al mismo tiempo le generaba el
sufrimiento de tener que subirse a un escenario y, sobre todo, de querer
ser cada vez mejor y plasmar en el estudio los increíbles sonidos que
empezaban a colonizar su cabeza. Ese año no solo despachó cuatro
álbumes, también mostró el camino a John Lennon y Paul McCartney,
alucinados y envidiosos oyentes de una cadena interminable de maravillas
de apenas dos minutos, cada vez con menos surf (pese a las portadas) y
con arreglos más imaginativos, que culminaría en una de las catedrales
del pop: I Get Around.
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“La canción de Brian está a millas de distancia de la música de su
tiempo. Es sofisticada y brutal, sincopada y extraña. La cadencia es de
locos, con guitarras disonantes, palmas actuando como base rítmica, un
compás nervioso y una complejidad vocal que deja en evidencia la
gimnasia coral de los Beatles”. Así, de esta manera inmejorable,
describe la canción José Ángel González Balsa, autor de Bendita locura
(2001), sin duda, uno de los mejores libros sobre un músico escrito en
español, y absolutamente imprescindible para cualquiera con algo de
interés sobre la década de los sesenta y sobre su espeluznante final con
los asesinatos promovidos por Charles Manson, amigo y enemigo a la vez
de Dennis Wilson. Dennis, en realidad el único surfista del grupo,
moriría catorce años después de aquellos crímenes ahogado en el mar con
más alcohol que sangre en las venas.
En sus memorias, Brian hace referencia a 1964 como “el año en que
pasó todo” pero unos meses antes, en el otoño de 1963, escuchó mientras
conducía una canción que le hizo frenar, que literalmente le cambió la
vida y que casi seis décadas después continúa obsesionándole a pesar de
tener en su currículo unos cuantos temas que brillan a una altura igual o
superior. Hablamos de Be my baby, el éxito de las Ronettes
escrito por Jeff Barry, Ellie Greenwich y Phil Spector. No podía parar
de escucharla. Un día optó por escribir una continuación para las
Ronettes titulada Don’t worry baby que finalmente cantaron -como los ángeles- los Beach Boys.
Dos años después de aquellos primeros síntomas preocupantes sobre el
delicado bienestar emocional de Wilson, el hombre se las apañó para componer el
que, para muchos críticos, es el mejor disco pop de todos los tiempos. Y llegan
casi a la vez el momento cumbre de su carrera y el momento en que pierde el
control de la misma para no volver a recuperarlo en varias décadas. En esa
caída tuvo que influir que ese afán de seguir superándose chocara con una obra
que puso el listón de calidad demasiado alto para cualquiera. Pet Sounds es, como Blonde on Blonde, como Revolver,
como The Velvet Undeground and Nico,
como Exile on Main Street, como London Calling, como What’s going on, uno de esos discos que,
por muchos años que pasen, sigue despertando los elogios más encendidos, las
frases más lapidarias sobre la grandeza del pop. Un álbum que anonada por igual
a Burt Bacharach, Bob Dylan, Leonard Bernstein, Eric Clapton o a cualquiera que
se arrime a él por primera vez.
Con Pet Sounds, Wilson sacó adelante el vinilo que había
soñado. Lo hizo con músicos profesionales y con el resto de los Beach
Boys como un instrumento más en sus manos. Una colección de canciones
hermosas y tristes que, escribe su autor, “tratan de cómo el mundo puede
ser un lugar difícil emocionalmente”. Un álbum, en palabras de González
Balsa, “sobre la pérdida de la inocencia y las tenebrosas consecuencias
de la madurez”. Un trabajo que cambió muchas cosas, entre ellas,
continúa González Balsa, la posibilidad de que “los violines comenzaran a
secundar las guitarras eléctricas” o “que un músico greñudo, consumidor
de drogas y autodidacta, se atreviese a enseñar a tocar a un maestro de
conservatorio”.
El siguiente disco iba a ser aún más grande, tenía título (SMiLE), letrista asignado (Van Dyke Parks) y una canción de adelanto (Good Vibrations) cuya genialidad auguraba que efectivamente lo mejor estaba aún por llegar. Pero no llegó. Llegaría al poco tiempo otra cosa (Smiley Smile),
ya con Brian Wilson al margen, que no cumplió, claro, las elevadísimas
expectativas. “Era demasiada presión de todas partes: de Capitol, de mis
hermanos, de Mike, de mi papá y sobre todo de mí mismo”. Los Beatles
salían así victoriosos del duelo creativo.
SMiLE se convirtió en el Santo Grial del pop, el más célebre
de los discos perdidos y no encontrados. Finalmente se hizo realidad en
2004 cuando Wilson y Van Dyke Parks retomaron el contacto, recuperaron
algunos fragmentos de lo grabado en los sesenta y empezaron a trabajar
con ellos. El resultado fue un disco excelente pero no la soñada
continuación de algo a la altura de Pet Sounds. Quede Good Vibrations como ejemplo del nivel que gastaba su creador cuando hizo crac.
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En el libro, Wilson ajusta cuentas, con una suavidad poco justificada, con
su padre, con el doctor Landy o con Mike Love, principal letrista de los Beach
Boys, “uno de los mayores payasos del rock and
roll, un personaje lastimoso y pueril” según González Balsa, un tipo siempre
dispuesto a “sabotear la creatividad de Brian Wilson” según Diego A. Manrique.
Pasa de puntillas por los discos posteriores al frustrado SMiLE, llora las
despedidas, especialmente las de sus dos hermanos, y celebra la admiración que
le suscitan algunos ídolos e influencias, entre ellos George Gershwin al que
acabó dedicando un disco (Brian Wilson
reimagines Gershwin) hace diez años.
Leídas estas memorias, no cabe sino estar de acuerdo con González
Balsa cuando asegura que Brian Wilson es, sin duda, “un héroe por
mantener su inocencia cuando tanta gente, durante tantos años, ha
pretendido robársela”.