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Una nueva teoría cuántica sugiere que la oscuridad aún conserva luz en su interior. 
Tradicionalmente, los físicos han explicado las zonas oscuras como regiones donde las ondas de luz se cancelan entre sí mediante interferencia. Sin embargo, una reciente propuesta desarrollada por investigadores de Brasil, Suiza y Alemania plantea que estos puntos “oscuros” podrían no estar realmente vacíos, sino contener estados de luz que permanecen ocultos. 
En esencia, esta teoría también replantea el acto mismo de la medición. Según esta nueva perspectiva, observar una partícula no la desvía de su trayectoria —como se creía anteriormente—, sino que la transforma de un estado oscuro a uno brillante. Al hacerlo, la vuelve visible y elimina el patrón de interferencia. Este enfoque podría contribuir a resolver antiguas paradojas de la física cuántica, acercando las interpretaciones clásicas y cuánticas de la luz, y abriendo la puerta a tecnologías capaces de detectar o manipular estados ocultos de la realidad. 
Durante más de dos siglos, el experimento de la doble rendija ha simbolizado el comportamiento enigmático de la luz, mostrando cómo los rayos que atraviesan dos rendijas generan un patrón de interferencia compuesto por franjas brillantes y oscuras. Esta nueva teoría ofrece una forma distinta de comprender ese fenómeno fundamental. 
Fuente: C. Villas-Boas et al., “Estados brillantes y oscuros de la luz: El origen cuántico de la interferencia clásica”, Phys. Rev. Lett. 134 (2025). 
Los científicos han confirmado la existencia de un tercer tipo de partícula cuántica: los anyones, entidades que solo pueden existir en sistemas bidimensionales. Este hallazgo amplía la clasificación tradicional de la materia y cambia la forma en que entendemos las reglas que gobiernan el mundo cuántico.
Hasta ahora, toda partícula conocida pertenecía a dos familias: fermiones (que forman la materia, como los electrones) y bosones (que transmiten fuerzas, como la luz). Los anyones no encajan en ninguna de estas categorías. Solo aparecen cuando las partículas están confinadas a moverse en una capa ultradelgada, prácticamente en dos dimensiones.
La confirmación proviene de investigaciones sobre el efecto Hall cuántico fraccional. Cuando los electrones son restringidos a un plano bidimensional y sometidos a campos magnéticos extremadamente fuertes y temperaturas muy bajas, dejan de comportarse como partículas individuales y emergen cuasipartículas con carga fraccionaria. En ese entorno aparece una propiedad única llamada “trenzado”: intercambiar dos anyones no solo cambia su posición, sino que modifica el estado cuántico del sistema de manera acumulativa, algo imposible en el espacio tridimensional normal.
Experimentos interferométricos recientes lograron medir directamente esa firma de trenzado, aportando evidencia sólida de que los anyones no son solo una predicción matemática, sino una realidad física observable.
Este descubrimiento tiene implicaciones enormes para la computación cuántica. Los anyones pueden almacenar información en sus patrones de trenzado, lo que permitiría crear computadoras cuánticas topológicas mucho más estables y resistentes al ruido, uno de los mayores desafíos actuales del sector.
Más allá de la tecnología, el hallazgo redefine qué entendemos por “partícula”. Demuestra que las propiedades fundamentales de la materia pueden cambiar según la dimensión en la que existan. En condiciones adecuadas, el universo revela comportamientos completamente nuevos, mostrando que todavía hay capas profundas de la realidad por descubrir.
Fuente: Physical Review Letters – estudios sobre efecto Hall cuántico fraccional.
Hay un lugar en el universo donde el espacio no tiene tamaño, el tiempo no tiene sentido y las leyes de la física simplemente colapsan. Los científicos lo llaman singularidad cósmica, pero ese nombre apenas insinúa lo extraño que es. Imagina todo lo que existe... estrellas, galaxias, incluso el tiempo mismo... condensado en un solo punto con un poder infinito. Ninguna luz escapa de él. Ninguna ecuación puede explicarlo por completo. Y nadie sabe qué ocurre realmente allí.
Aquí es donde nuestro universo pudo haber comenzado. Antes de las estrellas, antes de los átomos, antes de que los segundos pudieran siquiera avanzar, todo estaba concentrado en un punto imposible. No había un "antes", porque el tiempo mismo comenzó allí. Esa sola idea es inquietante. ¿Cómo puede algo comenzar sin un antes? ¿Qué lo causó? ¿O siempre estuvo ahí, esperando?
Las singularidades cósmicas también pueden esconderse en agujeros negros, encerradas en la oscuridad. Una vez que algo cae dentro, nunca sale, cargando con secretos que quizá nunca recuperemos. En su interior, la gravedad se vuelve infinita, el espacio se pliega sobre sí mismo y la realidad se desmorona. Nuestras mejores teorías fracasan por completo en este límite, como si el universo nos dijera: no estás destinado a ver más allá de esto.
Algunos científicos creen que las singularidades son reales. Otros piensan que son señales de advertencia, prueba de que nuestra comprensión del universo aún es deficiente. Quizás la realidad no termina ahí. Quizás algo nuevo comienza. Un rebote. Otro universo. O leyes de la física que aún no hemos descubierto.
Una cosa es segura: las singularidades cósmicas se encuentran en los límites del conocimiento humano. Son el misterio más profundo que jamás hayamos enfrentado. Y cuanto más las observamos, más parece susurrar el universo que sus mayores secretos aún están ocultos... más allá de nuestra comprensión. 




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