TE QUIERO, QUIERO SER YO Y EN 1940 MORIR...

martes, 13 de enero de 2026

Anotaciones ajenas sobre el cristianismo

 


《El misticismo es el secreto de la cordura. Mientras haya misterio, habrá salud; destruir el misterio y ver nacer las tendencias morbosas, todo es uno. El hombre común siempre es cuerdo porque siempre ha sido un tanto místico; ha admitido las vaguedades crepusculares, y siempre ha tenido un pie en la tierra y el otro en el reino de las hadas. Siempre se ha consentido la libertad suficiente para dudar de sus dioses; pero (a diferencia de nuestros modernos agnósticos) siempre se ha dejado libertad para volver a creer en ellos. Siempre se preocupó más por la verdad que por la congruencia, y, al encontrarse con dos verdades aparentemente contradictorias, aceptólas a ambas y a su contradicción con ellas. Su visión espiritual es, como su visión fisiológica, estereoscópica: ve a la vez dos cuadros diferentes, y por eso mismo ve mejor. De suerte que ha creido siempre en el destino, pero también en el libre albedrío. Así, admite que los niños gobiernen el reino de los cielos, pero al mismo tiempo, que obedezcan en el de la tierra. Admira a la juventud por ser joven, pero también a la vejez por no serlo. Y este equilibrio de contradicciones aparentes es precisamente la base de la salud humana. Todo el secreto del misticismo consiste en esto: todo puede entenderlo el hombre, pero sólo mediante aquello que no puede entender. El lógico desequilibrado se afana por aclararlo todo, y todo lo vuelve confuso, misterioso. El místico, en cambio, consiente en que algo sea misterioso, para que todo lo demás resulte explicable.
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El Cristianismo era la cosa más extraordinaria del universo. Porque el Cristianismo, según creía yo entender, no sólo contenía los errores más escandalosos, sino que parecía poseer cierto talento místico para combinar errores contradictorios. Por todas partes se le atacaba, y por mil razones contrarias bien acababa el racionalista de demostrar que quedaba demasiado al Oriente, cuando ya otro demostraba con igual energía que quedaba demasiado al Occidente.
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Apenas un racionalista había declarado que el Cristianismo es una monstruosa pesadilla, cuando ya otro le llamaba paraíso de la locura. Los cargos eran contradictorios, y esto me tenía confundido. No era posible que el Cristianismo fuese a la vez un disfraz blanco de un mundo negro, y un disfraz negro de un mundo blanco. El estado del cristiano no podía ser a la vez tan confortable que sólo los afeminados se enamorasen de él, y tan inconfortable que sólo los locos lo aguantasen. Si era verdad que falsificaba la visión de la vida, tenía que ser de un modo o del otro, pero no podía ser, a un tiempo, como los anteojos verdes y como los anteojos color de rosa.
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Mi conclusión fué ésta: de ser el Cristianismo un error, debe de ser un error muy gordo. Para que todos esos horrores contradictorios se hubiesen podido juntar en una sola doctrina, ésta tenía que ser extrañísima y excepcional. Hay hombres miserables y despilfarrados a un tiempo, pero son extrañísimos. Los hay ascéticos y sensuales: siempre extrañísimos. Pero para que esta masa de locas contradicciones pudiera mantenerse cuáquera y sanguinaria, harapienta y vistosa, austera y enamorada de las lujurias visuales, ruina de la mujer a la vez que su inesperado refugio, pesimismo solemne y optimismo imbécil-para que todo este mal pudiera ser, tenía que asumir caracteres únicos y supremos.
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Entre la balumba de confusos pensamientos teológicos, comencé a afirmarme en una sospecha, que ya he bosquejado a propósito del optimismo y el pesimismo: que no era una amalgama o compromiso entre ambas tencencias lo que nos convenía, sino las dos cosas a un tiempo, llevadas a su punto máximo de energía; el amor ardiente, la ira ardiente.
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El descubrimiento de este nuevo equilibrio es el hecho más importante de la ética cristiana. El Paganismo había sido como un pilar de mármol que se mantuviese a fuerza de sus proporciones simétricas. El Cristianismo vino a ser como una gigantesca y romántica roca de tormentas que, aunque por la base sólo se asienta en un punto, está firme para miles de años, porque la equilibran sus mismas excrecencias deformes. Todas las columnas de la catedral gótica son diferentes, pero todas son necesarias. Cada soporte parece accidental y fantástico; cada estribo parece un estribo en el aire. Así se equilibraron en el Cristianismo todos los accidentes.
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Finalmente-y hé aquí lo más importante-sólo eso nos explica el punto que tan inexplicable parece a todos los críticos de la historia cristiana: las guerras enormes provocadas por minúsculas disensiones teológicas, los terremotos de emoción causados por un simple gesto o una palabra. Todo dependió de una pulgada; pero, para el que se está balanceando, una pulgada lo es todo. La Iglesia, lanzada a este grande y arriesgado experimento de equilibrio irregular, no podía menos de sufrir oscilaciones enormes. Si una idea se debilitaba, la otra había de fortalecerse en igual grado. El pastor cristiano no tenía que pastorear rebaños de corderos, sino manadas de toros salvajes y de tigres, de ideas terribles y voraces doctrinas, cada una de las cuales se hubiera podido erigir en falsa religión, corrompiendo el mundo para siempre. Y nótese que precisamente la Iglesia parecía acudir a las ideas peligrosas, a la manera de un domador de leones. Los conceptos del nacimiento mediante el Espíritu Santo, de la muerte de un ser divino, del perdón de los pecados o del cumplimiento de las profecías, fácilmente se comprende que, con un leve toque, se hubieran podido transformar en otras tantas blasfemias y ferocidades.
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De aquí la conmovedora novela de la Ortodoxia. Háblase ligeramente de la ortodoxia como de cosa pesada, monótona, quieta, cuando nunca ha habido otra más emocionante y peligrosa: como que es la salud, y ella fué siempre mucho más dramática que los desvaríos de la locura; como que es el equilibrio de un hombre arrastrado por furiosos caballos, que ya se ladea a la izquierda y ya se quiebra a la derecha, pero siempre con la antigua gracia estatuaria y con la exactitud aritmética. La Iglesia de los tiempos primitivos se atrevía sin vacilación a todos los corceles, y no hay mayor falsedad histórica que el imaginarla embrutecida por una idea fija, como en un caso de fanatismo vulgar. Ora se echaba de un lado y ora de otro, precisamente para evitar el choque de los obstáculos. A una parte dejó la estorbosa mole del arrianismo, apoyada por todos los poderes mundanos que hubieran querido mundanizar demasiado al Cristianismo. Y un instante después, ya la vemos cuartearse de nuevo para sortear el escollo del orientalismo, que la hubiera desmundanizado en exceso. La Iglesia ortodoxa nunca cogió el galope pausado ni quiso plegarse a las convenciones; nunca, nunca fué <respetable>. Mucho más fácil le hubiera sido ceder a la fuerza del arrianismo, o -en el calvinismo del siglo XVII - abandonarse a las simas sin fondo de la predestinación. Mucho más fácil es ser loco; mucho más fácil ser hereje. Sumamente cómodo es dejar que el tiempo siga su curso; lo duro es conservar bien el propio. Tan sencillo es ser modernista como ser snob. El dejarse asir por cualquiera de las trampas que el error y la exageración venían armando con las sucesivas modas y sectas a lo largo de los senderos de la historia, esto era lo más fácil. Caer siempre es fácil: se cae por una infinidad de ángulos: sólo en uno es dable sostenerse. Dejarse ganar por cualquiera de esas torpezas, desde el gnosticismo hasta la llamada Ciencia Cristiana, hubiera sido lo más cómodo y llano. Pero haberse salvado de todo eso es la más gallarda aventura, y a mis ojos apacece el carro celeste volando por entre los siglos con cortejo de truenos; torciéndose abajo las torpes herejías, y revuelta, pero siempre firme, la verdad.
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El Cristianismo es una paradoja sobrehumana en que dos opuestas pasiones arden una al lado de otra. La única explicación del misterioso lenguaje evangélico es considerarlo como la descripción del mundo por un ser que, colocado desde alturas sobrenaturales, logra naturalmente las síntesis más extraordinarias.》
Ortodoxía, Chesterton
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